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04.12.2017
Por Sergio Suppo

Gobernar lo propio o hacer oposición, la verdadera grieta peronista

No es una novedad. Es así desde el primer minuto de Cristina Kirchner en el desierto. Cambiemos aprovechó esa división que le permitió avanzar aun en minoría en el Congreso y con la mayoría de las gobernaciones en manos peronistas. Esa misma situación le permitió morigerar una parte de la belicosidad del sindicalismo.

Lo nuevo es la formidable transformación política que esa diferencia de criterios sobre cómo caminar en el llano está produciendo en el partido que más años gobernó la Argentina. Mientras, Cambiemos no sólo no tambalea -como soñaba el kirchnerismo-, sino que se consolida con una serie de acuerdos luego de ganar las cruciales elecciones de medio término.

Las diferencias ideológicas en el peronismo existen, por supuesto, pero es más notorio y tiene más peso el abismo entre gobernadores e intendentes respecto de dirigentes sin administraciones a cargo. Entre los primeros predominan largamente los que rompieron con el kirchnerismo; el resto es el kirchnerismo y poco más.

La semana pasada, en el Congreso, por unas horas, esas diferencias coexistieron bajo tres formas muy diversas y contrapuestas.

1) En el recinto del Senado, una fuerte mayoría de peronistas acompañaba al puñado de oficialistas y votaba las reformas previsional y fiscal. Era la consumación de los pactos reformistas del Gobierno con los jefes provinciales.

2) En simultáneo, una reunión mezclaba lo que aparenta ser el agua y el aceite: sentados a una mesa estuvieron el presidente del peronismo más anti k del país, el cordobés Carlos Caserio, con el flamante jefe del PJ bonaerense, el intendente de Merlo, Gustavo Menéndez. Hubo otros dos invitados: el senador Miguel Pichetto, armador de la refundación del peronismo sin Cristina, y el gobernador peronista con más años y mayor desprestigio en el cargo, el formoseño Gildo Insfrán. La preocupación por la diáspora del peronismo de los jefes partidarios de Córdoba y Buenos Aires se cruzó con la desazón de Insfrán, quien como Julio De Vivo, se siente abandonado por el kirchnerismo ahora que los delitos de Amado Boudou lo llevaron a ser indagado en Comodoro Py. Conclusión: No hay futuro con la ex presidenta; hay que aprender a vivir sin una jefatura única.

3) Mientras el peronismo de las provincias votaba con el Gobierno y en privado se atendían las angustias de un gobernador contra las cuerdas de la Justicia, frente al Congreso el sindicalismo kirchnerista ensayó una protesta contra la reforma laboral que contó con la presencia de Pablo Moyano, uno de los hijos de Hugo, el jefe sindical que más poder y recursos acumuló en los últimos 25 años. Pablo busca defenderse en la calle de las sospechas que lo ligan con los delitos de la barra brava de Independiente.

Según soplan los vientos, el peronismo corre el riesgo de seguir la vieja lógica de los partidos provinciales que alguna vez, en desafío a las formaciones nacionales, colorearon el mapa del interior del país. En 1983, los partidos locales de las familias Sapag, Romero Feris y Bravo/Cantoni ganaron los gobiernos de Neuquén, Corrientes y San Juan, respectivamente. Mezcla de representación genuina y paternalismo feudal, esas fuerzas convivieron con éxito durante el gobierno de Raúl Alfonsín y Carlos Menem hasta que comenzaron a declinar. Sólo Neuquén sigue en manos desde entonces del Movimiento Popular.

Una agrupación a imagen y semejanza de aquellos partidos provinciales es el peronismo de San Luis, "otro país", según la definición de los singulares hermanos Rodríguez Saá. Adolfo y Alberto, aliados de Menem y próximos al kirchnerismo, según el momento, han reproducido la intimidad y el distanciamiento que los Sapag, los Romero Feris o que Leopoldo Bravo mantuvieron con radicales o peronistas, siempre bajo la premisa de conservar el territorio.

Nada más diferente para la cultura peronista de poder gregario y sometimiento a un liderazgo nacional que la idea de un dominio de pago chico, limitado a una provincia, siempre obligada a apelar a forzar identidades propias para explicar su razón de ser.

En el desierto, en los días en los que un presidente no peronista llega a los mayores niveles de aceptación desde que asumió, queda transparentado como nunca que muchos de los referentes del justicialismo lideran, en realidad, partidos provinciales.

Carecen, para empezar, de una jefatura. La tenían de hecho en Cristina Kirchner hasta el día que dejó la presidencia. Los que ahora la niegan y la critican eran felices aplaudidores en todos sus actos, a los que solían concurrir incluso sin saber qué deberían vivar.

Los gobernadores peronistas encontraron que negociar con Mauricio Macri no incluye el sometimiento ni la necesidad de recitar el catecismo de Cambiemos. Basta con mantener las formas, discutir, acordar y firmar. Lo hicieron en 2016 para arreglar la transferencia de los fondos jubilatorios a cambio del primer paquete económico, y volvieron a hacerlo ahora, cuando bendijeron las reformas previsional e impositiva y la recreación del Fondo del Conurbano.

Los gobernadores tienen en el Congreso un correlato que les refuerza su poder de presión, en especial en el Senado, donde Miguel Pichetto se quedó con dos tercios de la representación peronista y redujo el regreso de Cristina al acompañamiento de una decena de senadores.

La grieta peronista en Diputados no termina de concretarse. Los federales tienen pendiente el armado de un frente con el massismo y otras fracciones justicialistas dispersas para consumar el aislamiento del kirchnerismo. Este es un dato esperado para los próximos días, si es que los gobernadores cumplen el compromiso de operar tanto en Diputados como ya lo hicieron en el Senado.

Sin el reparo del poder nacional, llueve en verano y hace más frío en invierno. El peronismo ya comenzó a discutir por lo bajo cuánto tiempo soportará estar lejos del poder sin llegar a ninguna conclusión que no implique un trayecto largo y amargo.

Fuente: La Nacion



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