05.05.2019
Por Pablo Sirven

Un acuerdo de último momento

El objetivo final y más ambicioso podría ser dejar atrás la inconducente "grieta".


Las pesadas placas tectónicas de la política argentina por fin empezaron a moverse y eso es bueno. Habrá que no temer a los temblores que producirán y tener paciencia hasta que las piezas se reacomoden en una nueva estabilidad, si eso acaso fuese posible en las escasas semanas que restan hasta el 12 de junio próximo, fecha en que se producirá el cierre de inscripciones de las alianzas electorales y el inicio de la campaña para las PASO .

El objetivo final y más ambicioso podría ser dejar atrás la inconducente "grieta". Si eso sucede se habrá producido el tan anunciado "cambio cultural" todavía en ciernes y, peor aún, amenazado por una potencial restauración de un kirchnerismo encima más radicalizado.

Por de pronto, lo ocurrido en los últimos días procura romper la ya muy monótona polarización simbólica a la que se redujo la política argentina en los últimos años. Mientras el dólar y el riesgo país sufren de recurrentes arritmias y la actividad económica permanece deprimida, resulta evidente que la confrontación de modos y modales del actual presidente Mauricio Macri -atildado, visitando gente común en sus casas, inaugurando obras y repitiendo "este es el camino"- y su antecesora, Cristina Kirchner -inesperada y áspera best seller más fascinada que nunca con ella misma- es insuficiente para superar la grieta y proponer otro paradigma más estimulante.

No hay que ilusionarse con un cambio copernicano ni mucho menos, porque el Gobierno y una parte del peronismo intenten ahora acordar diez puntos básicos que den cierto nivel de certidumbre a los mercados y que no todo será tirado por la borda por más que pueda cambiar el signo político del gobierno, si eso llegara a suceder, a partir del 10 de diciembre.

El acuerdo en ciernes tiene una singular peculiaridad: tiende a aislar a Cristina Kirchner. Y si se llega a armar enfrente una suerte de "Unión Democrática", como propugnan Martín Lousteau y Alfredo Cornejo, se estará repitiendo el esquema que llevó a Perón a la presidencia en 1946.

Pero salir de la competencia de egos en procura de consensos más amplios que rompan unicatos monocolor ya no parece solo algo meramente retórico, sino una necesidad dictada hasta se diría por las matemáticas: para llevar adelante reformas profundas en la economía que se adecuen a los desafíos del siglo XXI y que resulten competitivas para las inversiones extranjeras sin por ello ahogar al consumidor argentino como viene sucediendo hace falta armar mayorías legislativas que faciliten esas transformaciones. Y nadie por sí solo cuenta con esa mayoría.

No cabe duda de que la frágil situación del país exige de todos una cuota de patriotismo extra para acordar puntos básicos que permitan atravesar los próximos meses hasta la llegada del nuevo gobierno neutralizando las peores turbulencias.

La gran pregunta es si el llamado a posibles acuerdos no suena tardío y dictado por la necesidad del Gobierno, lo que debilita la iniciativa, y si los sectores de la oposición se sumarán tan dócilmente, y sin especulaciones, arriesgando también sus propias posibilidades electorales. Difícil.

La idea de ser más amplios ya estaba en la génesis de Cambiemos al ser una coalición de tres partidos (Pro, UCR, CC), pero la ortodoxia purista de Marcos Peña/Jaime Durán Barba en la práctica dejó a un lado a los aliados, que lo aceptaron pasivamente y solo emergieron intermitentemente en los momentos de sofocones. Menos todavía propiciaron un ida y vuelta fluido con la oposición, como machacaron desde el principio sin ser escuchados Emilio Monzó, Nicolás Massot y Rogelio Frigerio, ahora muy activo con el repentino interés gubernamental en dialogar con los demás.

El peronismo no K también entendió que debía sumar fuerzas en vez de dispersarlas, pero, paradójicamente, de su seno surgió un Roberto Lavagna que ya no solo exige un inflexible consenso (casi un oxímoron) con epicentro exclusivamente en él mismo, sino que, además, rechazó de plano la propuesta gubernamental con un lacónico "No funcionará".

El kirchnerismo, a su manera, créase o no, también busca consensos: al sumarse al acto de Pino Solanas logró compartir el escenario con referentes de distintas fuerzas que hasta hace muy poco estaban en la vereda de enfrente, comenzando por el propio anfitrión. Pero al mismo tiempo, la corriente que lidera Cristina Fernández se radicaliza sin disimulos, no solo por el tono aguerrido de su manifiesto literario mamotrético que, como aquí escribió Joaquín Morales Solá, es "como escuchar a la expresidenta durante diez cadenas nacionales seguidas", sino por la franqueza brutal del gremialista Pablo Micheli ("Si abandonamos la calle, no vuelve Cristina") y la del escritor militante Mempo Giardinelli, en la misma línea del intendente de San Antonio de Areco, Francisco Durañona, y de la propia expresidenta, que en estos días pidió directamente abolir el Poder Judicial y reducirlo a mero "servicio", en el marco de una nueva Constitución Nacional.

Entre muy criticados WhatsApps y llamadas personales, Cambiemos diseña nuevas estrategias para llegar competitivo al exigente examen de las urnas. ¿Lo logrará?

Fuente: La Nacion



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