05.05.2019
Por Ricardo Roa

Lionel Messi, el que hace normal lo que no lo es

Es un coleccionista al por mayor de récords y títulos. Vive allá pero sigue acá. Y no se disfraza con lo argentino.


Lo extraordinario aunque parezca normal fue el lema que el Barcelona usó esta semana para celebrar su nuevo campeonato, un impresionante octavo en 11 años. Es extraordinario pero no normal lo de Messi. Tan extraordinario que parece normal.

Lleva 15 años en el primer mundo del fútbol. Batió todos los récords; él es un récord en sí mismo. Nadie ha hecho tantos goles con la camiseta del Barsa: 600, casi uno por partido. Y nadie ha hecho tantos goles en la liga española: 417. Ganó 33 títulos con su club. Y ganó 10 de las 15 ligas que jugó, cinco Balones de Oro y cinco Botas de Oro. Asombra Messi y empuja reflexiones no sólo de fútbol sino de vida.

Jugaba maravillosamente bien de chiquito pero no crecía. Necesitaba una medicación especial. A los 13 se fue a España porque allí le pagaban el tratamiento que aquí nadie le pagaba. Se alejó de la familia y de los amigos de Rosario. Hizo un enorme sacrificio que lo marcó para siempre. Sacó fuerza de la debilidad.

En el juego, ha cambiado según lo va corriendo la edad. A los 31, pasó de ser un gran sprinter con habilidad y un extraordinario definidor a ser un jugador que hace jugar a los demás y que sigue siendo goleador. Detrás de eso que se ve en la cancha, hay esfuerzos durísimos. Debe entrenar más, persistir en dietas estrictas, renunciar a muchos placeres.

Y ha cambiado en otra cosa que también se ve en la cancha: se ha convertido en un líder que arenga a sus tropas como capitán. Sentía que todo su trabajo era jugar y ganar. Era tímido y retraído. También caprichoso. Ahora en el equipo se permite ordenar, dar reportajes después del partido y hasta enviar mensajes a la hinchada.

De Messi podrían también hablar por sí solos los 65 goles con la Selección Argentina, que son más de los que hizo Batistuta y más de los que hizo Maradona. Son más que los que hicieron todos: es el máximo goleador. Para muchos eso no alcanza para pagar la deuda eterna de un Mundial. Ni alcanza haber sido campeón mundial juvenil en 2005 y del Sub 23 y ganador del oro olímpico en Pekín 2008. Tampoco haber llegado tres veces a una final con la Selección. Para ellos es imperdonable.

Una más de Messi. A los 17, le ofrecieron ser ciudadano español y jugar para España. Eligió seguir jugando para su país. Ya ha vivido más años allá que acá. Pero piensa y habla como argentino. Sube a las redes cosas sobre nosotros. Su mayor pecado es no ser Maradona. Y no lo es porque no lo es. Ni en la cancha ni fuera de la cancha. Messi es de bajo perfil, le gusta pasar tiempo en su casa con la mujer y los hijos, no prepotea ni frecuenta el jet set farandulero ni se vuelve propagandista de dictadores como Maduro.

Maradona representa a los argentinos por lo mejor que tuvo: genialidad y la garra de nunca darse por vencido. También representa lo peor: la fanfarronería, la grosería y algo más grave y muy de él: no reconocer a los hijos. Maradona terminó dirigiendo a un club de segunda de México. Messi la sigue rompiendo.

 

Fuente: Clarin



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