26.07.2020
Por Silvia Fesquet

Tan estúpidamente nosotros

Procrastinar es aplazar una obligación o un trabajo.


 No está claro cuál es el nombre para la inveterada costumbre, en nuestra vida prepandemia, de dejar siempre para otro momento también nuestros placeres. Que tire la primera piedra quien nunca haya dicho “nos vemos la semana que viene”, “tenemos que juntarnos”, ”hablamos”, y tantas otras promesas por el estilo que sólo quedaron en eso.

Y no se trataba de falta de ganas, de comentarios de ocasión, o de gentilezas murmuradas para salir del paso. La mayoría de las veces los deseos eran genuinos. Y la intención de concretarlos también.

Pero el trabajo, las obligaciones, las urgencias, el cansancio, el tiempo extra que insumió algún trámite, y un sinfín de pequeñas complicaciones cotidianas fueron dejando en el camino encuentros, charlas, cafecitos, comidas.

Nos percatábamos a medias, pensando que si no era este fin de semana sería algún otro; si no nos veíamos esa noche no había razón para no hacerlo a la siguiente. Dábamos por sentado que, a pesar de todas las evidencias, podíamos controlar el tiempo. Que estaba ahí, infinito, a nuestra disposición.

Hasta que un día estalló la pandemia, se impuso la cuarentena, y el tiempo, y nuestra vana ilusión de manejarlo, se hicieron trizas.

Ahí entendimos, con dolor y resignación, que mañana a veces no es el día siguiente, que el mes que viene puede durar un semestre, y que el año próximo es, como nunca, una incógnita mayúscula. Entendimos también, desde las tripas, qué quería decir eso de no dejar para mañana lo que se podía hacer hoy.

“Ayer se fue, mañana no ha llegado, / hoy se está yendo sin parar un punto,/ soy un fue, y un será,/ y un es cansado...”. Eternos, desde el siglo XVII, nos sacuden Quevedo y la fugacidad de la vida.

Fuente: Clarin.com



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