26.10.2020
Por Silvia Fesquet

Algunas razones más para envidiar a Uruguay

“No hay un país que salga adelante sólo con una mitad”.


“El mensaje que tenemos que darle a todo el Uruguay- les pido encarecidamente a todos, sobre todo a los dirigentes políticos- es que este proceso no puede ser cambiar una mitad del país por la otra, tenemos que unir a la sociedad”.

Era noviembre de 2019 y Luis Lacalle Pou acababa de consagrarse nuevo presidente de la República. “La señal que Uruguay dio al mundo -agregó- es que podíamos estar cuatro días en esta democracia sólida esperando los resultados. No saben el orgullo que me hacen sentir”. Y sobre el final le habló a la militancia de su partido, el Nacional: “Les dejo la tarea de unidad nacional. No hay un país que salga adelante sólo con una mitad”.

Las palabras del flamante mandatario caían, de todos modos, en suelo fértil. Una muestra de ello se había producido el domingo anterior, en plena jornada electoral, cuando coincidieron en la rambla de Montevideo simpatizantes del Partido Nacional con otros del Frente Amplio, la fuerza política que, de la mano de Tabaré Vázquez, todavía gobernaba el país.

Lejos de enfrentamientos u hostilidades, los dos grupos se juntaron y entre abrazos y deseos de buena suerte para el balotaje que se disputaba ese día, se pusieron a cantar el Himno Nacional. “Todo se vivió con mucho respeto, y siempre repitiendo que tanto ellos como nosotros queríamos lo mejor para el país... Todos estamos muy movilizados y sabemos lo que implica cuidar el valor de nuestra democracia. Al terminar todos sentimos un orgullo enorme de ser uruguayos”, declaró en el lugar una militante “blanca” (también se denomina así al Partido Nacional) al diario El Observador.

El martes pasado, Uruguay dio al mundo otra muestra de civismo, tolerancia y sana convivencia democrática. Ese mismo día, dos de las figuras más representativas de la política del país, ambos ex presidentes, dejaron sus bancas en el Senado. Ideología, trayectoria, historia los encontraron en bandos enfrentados: cuando el representante del Partido Colorado Julio María Sanguinetti asumió por primera vez la presidencia de la República, el 1 de marzo de 1985, en lo que implicó el retorno de la democracia después de la dictadura militar, José “Pepe” MujicaAA estaba preso, fruto de sus actividades como integrante de la agrupación guerrillera Tupamaros. Saldría de la cárcel pocos días después en virtud de una amnistía para volcarse, con el tiempo, a la actividad partidaria y convertirse en presidente por el Frente Amplio.

En la histórica jornada del pasado 20 de octubre, entre lágrimas y una ovación de todos los sectores en la Cámara Alta, los dos se fundieron en un abrazo que recorrió el mundo. Ninguno escatimó elogios para el otro. “Es un viejo luchador importante, que representa una parte de la opinión pública de este país”, dijo Mujica de Sanguinetti, para agregar que la despedida conjunta hablaba de “una hora de conciliación, de reafirmación democrática” y que ”en mi jardín hace décadas que no cultivo el odio, porque aprendí una dura lección que me impuso la vida, que el odio termina volviéndonos estúpidos, nos hace perder objetividad. El odio es ciego como el amor, pero el amor es creador y el odio nos destruye”.

A su turno, Sanguinetti fue en el mismo sentido, a través de unas palabras de Octavio Paz: “ La inteligencia al fin se encarna,/ se reconcilian las dos mitades enemigas/ y la conciencia-espejo se licua,/ vuelve a ser fuente, manantial de fábulas:/ hombre, árbol de imágenes,/ palabras que son flores que son frutos que son actos”.

Tan cerca geográficamente Argentina y Uruguay, tan lejos en otro sentido: basta con evocar a la Presidenta saliente, Cristina Kirchner, negándose a entregar los atributos del mando a su sucesor democráticamente electo, Mauricio Macri, O el gesto de disgusto con que, sin siquiera mirarlo, ya flamante vicepresidenta, le estrechó la mano a un Macri saliente.

Según el Indice de Democracia Global que elabora cada año la Unidad de Inteligencia de The Economist, en 2019 Uruguay ocupa el primer lugar de “democracia plena” entre los países de América latina y el 15° en el mundo. Los parámetros que se toman en cuenta son libertades civiles, cultura política, participación ciudadana, funcionamiento del  Gobierno, proceso electoral y pluralismo. Argentina está en el puesto 48, en el segmento de “democracia imperfecta”.

Fuente: Clarin.com



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