28.11.2020
Por Adolfo Rubinstein

Coronavirus: ¿Qué nos espera cuando la pandemia termine?, la pregunta que desvela

Junto con las hambrunas y las guerras, las epidemias forman parte de los miedos ancestrales del homo sapiens desde hace 12.000 años.


Hace 12.000 mil años que abandonamos los bosques y las praderas, domesticamos animales y plantas, y dejamos de ser nómades. Y las pandemias son una consecuencia de muchos factores que se han acelerado en este siglo, entre ellos la transformación del ecosistema global, el cambio climático, la urbanización acelerada, las migraciones y, por supuesto, la globalización de las comunicaciones, del transporte y la hiperconectividad.

Este año será considerado en los libros de historia como un annus horribilis y si hay algo que puede caracterizar de manera singular a esta tragedia griega que estamos viviendo es la incertidumbre. Pensemos que solo hace menos de un año, muchos estábamos disfrutando del receso del verano sin imaginarnos, ni siquiera en la peor de nuestras pesadillas, que en algún momento del año más de dos terceras partes de la humanidad iba a estar sometida a una nueva "normalidad", donde sin solución de continuidad íbamos casi a terminar naturalizando ciertas conductas y disposiciones como la cuarentena generalizada, el uso de barbijos, el distanciamiento físico y social, la suspensión de clases, de espectáculos artísticos y deportivos y las restricciones a la circulación de personas .

Menos nos imaginábamos que el mundo iba a vivir una suerte de experimento social a gran escala con el objeto de controlar, mitigar o suprimir la pandemia y salvar vidas, pero a un costo económico, social y psicológico altísimo, restringiendo libertades básicas que la sociedad en su conjunto fue resignando en aras del control de la epidemia, la reducción de muertes y la protección de la salud pública en general.

En nuestro país, además, a una cuarentena infinita con bloqueo persistente de la circulación interna y cierre indefinido de las escuelas, pero eso sí, con apertura de shoppings y casinos, se le añadieron abusos policiales, muertes y violaciones a los más elementales derechos humanos tal como los que vimos en los últimos días en algunas provincias como Formosa y Santiago del Estero, gobernados por señores feudales que disponen de la gente sin ningún atisbo de humanidad, llevando las cosas a límites impensados en una democracia. 

Todo esto sin mencionar el daño colateral por la falta de atención y demoras en los diagnósticos y tratamientos de enfermedades crónicas como las cardiovasculares y el cáncer debido tanto al miedo de la gente a acudir a los consultorios y hospitales como a las barreras de acceso a los servicios por el corrimiento del foco de atención a la emergencia de Covid-19, así como la reducción de las tasas de vacunación, de los controles prenatales o de los controles de salud de los niños.

Este saldo, que recién vamos a conocer al final de esta larga noche, sumado a las muertes que van a ocurrir por la recesión y la pobreza, que no por estar más invisibilizadas son menos importantes, lo vamos a ir descubriendo cuando se corra el velo de la pandemia.

Mientras tanto, nuestros interrogantes sobre qué es lo que podemos esperar en la pospandemia abarca varias dimensiones. Algunas tienen que ver con el comportamiento del SARS-CoV 2, el virus que produce esta enfermedad. ¿Cuándo se produce la inmunidad de rebaño?, ¿cuál es la verdadera tasa de letalidad?, ¿cuánto dura la inmunidad?, ¿cuándo veremos, finalmente, la llegada de las vacunas y el comienzo de la vacunación masiva, cuánto tiempo tomará, cuáles serán las dificultades logísticas, aparecerán nuevos tratamientos efectivos?

Otras dudas tienen que ver con la efectividad de las medidas y políticas públicas que se están experimentando para combatir la enfermedad: desde el aislamiento y el distanciamiento físico y social, el cierre de las escuelas, que en nuestro país está produciendo un saldo terrible, hasta la cuarentena estricta y el lockdown. Otro interrogante no menos importante es cómo conciliamos la pandemia y el aplanamiento y disminución de la curva epidemiológica, con el cierre de la economía y el aplanamiento del consumo y la producción. Finalmente, nos preguntamos todos los días cómo será el 2021 y cuándo terminará esta pesadilla.

Luego de esta pandemia, ¿podremos esperar que comience a escalar en la agenda pública la importancia del sistema de salud como factor fundamental para la mitigación de las disparidades sanitarias a través del acceso y cobertura universal, o seguiremos pensando que solo sirve para resolver situaciones de crisis o desastres como la que estamos viviendo?

Finalmente, nos queda tal vez la pregunta más crucial y urgente que puede redefinir nuestros comportamientos sociales, así como la participación y el protagonismo del estado, de las organizaciones de la sociedad civil y del público en general en los tiempos venideros, tanto en nuestro país como en el mundo. ¿Qué nos espera cuando todo esto termine? ¿Cambiarán tanto las cosas o esta pandemia, después de haber devastado a la humanidad durante este año y tal vez el próximo, pasará luego sin pena ni gloria? ¿Cuál va a ser el rol del estado y de la democracia liberal como sistema? ¿Cuánto de lo que ocurra va a estar signado, al decir de Yuval Harari, por el dilema entre la vigilancia autoritaria de quienes gobiernan versus el empoderamiento ciudadano de la sociedad en su conjunto, o entre individualismo nacionalista -tal como venimos viendo en esta carrera política y comercial respecto a qué vacuna llega antes y quién comienza a vacunar primero- versus solidaridad global -tendrán los países más pobres igual acceso a las vacunas que los países más ricos?

Creo que esta es verdaderamente la encrucijada en la que estamos situados, cuya develación aún estamos lejos de conocer. Como vemos, tenemos muchas más preguntas que respuestas y muchas más incertezas que verdades, pero lamentablemente, este es el mundo en el que nos tocará vivir en el próximo tiempo.

El autor es exministro de Salud de la Nación

Fuente: La Nacion



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