25.02.2021
Por Diego Alejandro Soria

El nacimiento del héroe

El 25 de febrero de 1778 nacía en el pueblo de Yapeyú, en territorio de las antiguas Misiones Jesuíticas de Guaraníes, hoy provincia de Corrientes.


Un niño llamado a ser el futuro Libertador y protagonista de una de las más extraordinarias epopeyas que registra la historia universal. Fueron sus padres el capitán Juan de San Martín, teniente gobernador de ese territorio, y doña Gregoria Matorras, ambos españoles oriundos de la provincia de Palencia.

A diferencia de otros libertadores de nuestro continente, que fueron en su mayor parte generales improvisados y guerreros intuitivos, José de San Martín fue militar de escuela por vocación. A los 12 años se incorporó al ejército español, en el que sirvió durante 22 años y adquirió una vasta experiencia de guerra en los más variados teatros de operaciones. Cuando se enteró que en su lejana tierra natal había sonado la clarinada independentista, abandonó una destacada carrera y un promisorio futuro para acudir a servirla con las armas y el intelecto en su gesta libertadora.

Abrazó la causa americana con el único objetivo de redimir pueblos y respetar sus decisiones al obtener su soberanía. Y si para ello debió enfrentar a una monarquía española que había perdido el rumbo histórico, lo hizo sin que ello significara romper con la sangre que le venía de sus mayores, ni con la tradición.

El general San Martín es el patriota que manifiesta su visión americanista del papel trascendente de la Argentina y lo ejecuta llevando a la práctica su concepción política y estratégica de la guerra continental.

Es el vencedor de San Lorenzo, el organizador de la defensa patria en el norte argentino, el estadista que en el gobierno de Cuyo crea el instrumento para ejecutar su plan continental, el Ejército de los Andes, al tiempo que mejora la producción agrícola, ganadera y minera de su provincia, fomenta la educación y se preocupa por embellecer a su capital, Mendoza.

Es el Gran Capitán que en su campaña sin igual vence a la imponente cordillera de los Andes y derrota a los enemigos en dos batallas ejemplares, Chacabuco y Maipú, dando la independencia a Chile y consolidando la de su patria.

Es el genio de la guerra que formula sus planes triunfales ahorrando la sangre de sus soldados y tratando con humanidad a sus vencidos, el que instala su puesto de comando en Huaura y provoca la insurrección en Lima; el que desconcierta a sus oponentes con su diplomacia y obliga al Virrey a abandonar su capital, lo que le permute entrar en ella sin luchar e instalar el primer gobierno independiente.

Pero no es solamente el guerrero invicto que organiza y conduce su ejército. Es también el gobernante que sacrifica su descanso por el bien común; es el legislador que crea el nuevo régimen constitucional del Perú, es el que se asocia a la guerra de la Gran Colombia, formando una hermandad de armas que fructifica victoriosamente en Riobamba y Pichincha.

Es el hombre desinteresado que en un acto de renunciamiento inigualado en la historia, sella con un abrazo de abnegación con el otro libertador, Simón Bolívar, la epopeya fruto de su genio y de su espada.

Una preocupación constante del Libertador fue evitar, por todos los medios posibles, la división de quienes luchaban por la independencia americana, lo que lo llevó a no alinearse en facción alguna y le permitió afirmar Yo no pertenezco a ningún partido; me equivoco, yo soy del Partido Americano.

Pronunció un voto solemne y lo mantuvo hasta el fin: solo empuñó su sable invicto para combatir a los enemigos de la independencia americana, no derramando nunca sangre de compatriotas.

Y además de todo ello, nos dejó un magnífico ejemplo de desinterés con sus renunciamientos: renuncia a la mitad del sueldo que por su jerarquía le correspondía y a la retribución íntegra de General en Jefe del Ejército Chileno, rechaza el ascenso al grado máximo tras la victoria de Chacabuco, dispone que una fuerte suma que le otorga el Cabildo de Santiago se destine a la creación de la Biblioteca Nacional de la capital chilena, no acepta el cargo de Director Supremo de Chile, destina parte del producido de su finca mendocina a un hospital y a una campaña de vacunación, rechaza los honores con que el gobierno de Buenos Aires quería recibirlo por su victoria en Maipú.

Finalmente, tras la entrevista de Guayaquil, renuncia a culminar la guerra de la independencia y cede a Bolívar la gloria de poner el último sello a la libertad de América, para no provocar disensiones entre las fuerzas libertadoras que pudieran retrasar la emancipación total del continente. Hubo una absoluta coherencia entre su vida pública y privada. Su patriotismo, honestidad y desinterés lo convirtieron en el arquetipo de la argentinidad.

En un nuevo aniversario de su natalicio, el mejor homenaje que podemos rendir al héroe, sus compatriotas, es tratar de inspirarnos en sus virtudes para construir la Patria con la que él soñó.

Autor: General de brigada (R) Veterano de la guerra de Malvinas, historiador, miembro del Instituto Argentino de Historia Militar.

Fuente: La Nacion



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