04.04.2021
Por Ernesto Tenembaum

La tragedia que asoma, mientras el Gobierno navega entre dudas, contagios y contradicciones

Si el ascenso de los casos se profundiza, Alberto Fernández y gobernadores de todos los distritos serán sometidos a dilemas dramáticos aun sin resolver.


En los últimos días, el gobierno nacional puso en marcha un operativo para posponer las elecciones primarias. El argumento que sostiene esa idea es que el avance de la pandemia obliga a evitar aglomeraciones.

Sin embargo, en las mismas horas, el mismo Gobierno permitió que cientos de miles de argentinos aprovecharan las Pascuas para trasladarse de lugares con altos índices de contagio a otros lugares menos afectados por el coronavirus. A primera vista, parece una contradicción muy evidente. Pero tal vez no lo sea.

Si el criterio en ambos casos fuera sanitario, es decir, evitar internaciones y muertes, efectivamente, hay un sinsentido: la postergación de las elecciones, que ocurrirán en varios meses, reflejaría un intento de proteger a la gente; en cambio, el permiso para disfrutar de unos días en lugares de veraneo, reflejaría exactamente lo contrario, un evidente signo de despreocupación, que será leído no solo por quienes hayan viajado sino por toda la sociedad. Si se puede disfrutar de Semana Santa, ¿por qué habría que tener extremos cuidados en otros ámbitos?

La contradicción se salva si uno piensa mal. Tal vez, en ambos casos, lo que prima es un criterio electoral. En un caso, el del aval al turismo en Semana Santa, se privilegia el crecimiento económico. En el otro, la eventual postergación de las primarias, lo que se busca es ganar tiempo para que los argentinos puedan sentir la recuperación de la actividad y avanzar con la vacunación masiva. Las dos medidas contribuirían a un mismo objetivo: mejorar las perspectivas oficialistas para las elecciones.

Si fuera así, y es difícil no verlo de esa manera, eso refleja un cambio de valores muy brusco en la conducción de la crisis sanitaria. La zona central de la Argentina ha superado en estos días todos los récords en cantidad de casos respecto de cualquier otro momento de la pandemia.

Eso no se produjo de una manera paulatina sino, como dicen los estadísticos, de forma exponencial, o sea, rapidísimo. En algunas zonas del área metropolitana, la cantidad de casos se triplicó en apenas dos semanas. Para agregar datos preocupantes, algunos de esos casos se deben a la presencia de cepas que son mucho más contagiosas y, por lo tanto, más letales.

Naturalmente, nadie puede asegurar lo que va a ocurrir en los próximos días. La hipótesis más optimista postula que la explosión de casos no puede compararse con la de otros momentos porque hay muchas más personas testeadas, y a más tests más casos. Y, además, que el promedio de edad de los contagiados ha bajado mucho y por lo tanto afecta primordialmente a personas que, en su mayoría, no morirán. El defensor más claro de este punto de vista es Fernán Quiroz, el ministro de Salud de la Ciudad.

Otros especialistas están convencidos de que el crecimiento de los casos es tan rápido que eso solo quiere decir una cosa: la tragedia se avecina si no se toman medidas preventivas contundentes. Desde intensivistas que arriesgan su vida todos los días por apenas 70 mil pesos al mes a poderosos empresarios de la Salud sostienen esta visión más angustiosa.

En cualquier caso, hay un hecho indiscutible: el crecimiento exponencial de los casos en las últimas semanas. Frente a fenómenos similares, gobiernos de distintos lugares del mundo, como los encabezados por Emmanuel Macron en Francia o Sebastián Piñera en Chile, han tomado decisiones de confinar completa o parcialmente a la población.

El argumento es muy sencillo. El virus no va hacia las personas, son las personas las que van en busca del virus. El virus tiene una sola manera de ir de una persona a otra y, por lo tanto, de reproducirse: que la gente se junte. Hay una sola manera de pararlo, mientras llega la vacunación: evitarlo.

Estas ideas sencillas, que unifican a casi toda la comunidad médica, fueron repetidas una y otra vez, hasta el cansancio, por el presidente de la Nación, Alberto Fernández, el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodriguez Larreta y por el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel KIcillof. Sin embargo, ante el evidente agravamiento de la situación, las medidas son, apenas, simbólicas, si es que hay alguna medida, más allá –obviamente—del proceso de vacunación. Por muchos menos, hace un año, los argentinos estuvimos confinados durante varios meses. ¿No habrá alguna alternativa entre el todo y la nada?

El contraste, y la confusión, se reflejan en una multitud de gestos. Hace un año, un joven se trasladó a la costa Atlántica con su tabla de surf. Solo, sin mezclarse con nadie. El Presidente lo reprendió muy duramente. El jueves, alrededor de doscientos cincuenta jóvenes festejaron que se recibían de médicos, sin barbijo ni distanciamiento. El episodio no mereció ningún comentario. Hace un año, el Presidente anunciaba medidas en largas conferencias de prensa rodeado de la conducción del país. Ahora realizó una cadena nacional de unos pocos minutos donde no anunció nada.

En público, los funcionarios sostienen que los argentinos ya aprendimos a hacer una vida casi normal y a cuidarnos al mismo tiempo, y que por eso no se prevén medidas duras. Pero, ¿por qué entonces suben los casos de manera tan vertiginosa? En realidad, lo que sucede es que Fernández y los suyos son sensibles a un clima social donde ha crecido mucho la resistencia a las medidas restrictivas.

Eso los afecta por dos lados: el de la capacidad para liderar y hacer cumplir medidas de confinamiento, aunque sean parciales, y por el lado electoral, que siempre está presente y que ofrece un panorama siempre tenso. A eso se le suma la demanda social por la situación económica, cuya gravedad se expresa, por ejemplo, en el tremendo índice de pobreza.

Así las cosas, la sociedad no es la que era hace un año y el Gobierno tampoco. Pero el virus es el mismo y avanza con mucha rapidez. La tragedia asoma y la sociedad está con muchas menos armas para protegerse. En principio, con menos conciencia. Los unos sostienen que esto es culpa del Gobierno: fue tan duro con las medidas al principio que desgastó esa herramienta demasiado rápido.

Los otros argumentan que la culpa es de un sector de la oposición y de los medios que martillaron desde el principio contra las medidas restrictivas y, finalmente, lograron convencer a vastos sectores de la sociedad. Es un clásico argentino: el único consenso aquí es que las culpas siempre las tiene el otro.

Mientras tanto, la angustia crece en los centros de salud. Vanina Edul es una intensivista que trabaja en el Hospital Fernández. Su testimonio es muy elocuente. “El sistema duplicó las camas de terapia intensiva, aunque a algunas camas les falta todavía un monitor y respirador, además de personal de salud para atender. Hoy somos menos, porque hay gente que dejó de trabajar por el gran estrés, el agotamiento y los contagios que tuvimos entre nosotros. Tengo dos compañeros que se infartaron, y también algunos que murieron. Tenemos compañeros con síndrome depresivo. Gente con intentos de suicidio. Hacer una videollamada en la habitación del paciente con sus familiares, en donde les contamos a ellos que lo vamos a intubar. El paciente tratando de calmarlos. Los familiares conteniendo las lágrimas. Y nosotros en el medio, sabiendo que uno de cada dos intubados no va a sobrevivir. Y no tenemos ningún tipo de contención. En algún lugar te sentís un número. La gente debería tomar conciencia. Si bien tienen derecho a una fiesta, a una comida, eso significa que un montón de gente se puede enfermar y hay un montón de otra gente para atender a esas personas enfermas, que carecemos de vacaciones, que estamos mal pagos y muy cansados. Necesitamos ayudarnos entre todos”. Edul trabaja en un sanatorio público y otro privado. En ambos lugares, no hay camas en terapia intensiva.

Si el ascenso de los casos se profundiza, el gobierno nacional, y los gobiernos de todos los distritos serán sometidos a dilemas dramáticos que aun no logran resolver. ¿La economía o la vida?, es la pregunta más dramática. Hace un año, tenía una respuesta muy sencilla. Ahora, todo es más difícil, más confuso y, además, parece más peligroso. 

Afortunadamente, el Presidente, y muchos argentinos con edades de riesgo, ya han recibido al menos una dosis de las vacunas. Ojalá que eso amortigue el impacto de lo que viene.

Fuente: Infobae



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